Cuentan las leyendas que el Cusco fue fundado por los hijos del Sol en el lugar que este dios les señalara. La ciudad que fundaron fue opulenta y portentosa, de oro y de piedra. No es casual que los primeros europeos que llegaron a ella quedaran impresionados sobremanera. Uno de ellos, Pedro Sancho, quien fuese el secretario de Francisco Pizarro, escribió: "La ciudad del Cusco, por ser la principal de todas cuantas servían de residencia a los Señores, es tan grande, tan bella y con tantos edificios, que sería digna de ser vista en España". Otro cronista, Pedro Cieza de León, acota que el Cusco fue la ciudad más rica que hubo en las Indias y que algunos de sus edificios eran dorados y otros estaban adornados con planchas de oro.
En realidad, el origen del Cusco fue igual de humilde que el de la gran mayoría de ciudades. Si bien el valle que ocupa tiene huellas de doblamiento desde aproximadamente mil años antes de Cristo, la ciudad de los incas se fue consolidando a la par que este señorío iba sometiendo a los señoríos vecinos y se iba convirtiendo en un poderoso reino. Así, Cieza de León cuenta que el principio de la nueva ciudad fue "una pequeña casa cubierta de paja", que construyó el primer inca, Manco Cápac, y a la cual pusieron por nombre Coricancha, que quiere decir cercado de oro.
Su legendaria grandeza el Cusco se la debe principalmente a Pachacútec, el verdadero forjador del imperio de los Incas. Fue este gobernante, el verdadero forjador según la mayoría de los cronistas, quien decidió reedificar la ciudad, para lo cual reubicó a sus pobladores en barrios periféricos y allanó sus "casas bajitas, mal edificadas y sin proporción de arte", a decir de Juan Díez de Betanzos. De maquetas de barro se valió el inca arquitecto para planificar esa nueva ciudad cuya característica principal radicaría en la conjunción de un sector urbano, con forma de puma adyacente, y de uno agrícola, con abundante andenería y canales de riego.
Los dos ríos que delineaban la ciudad Puma, el Saphy y el Tullumayo, fueron también encauzados con cantería de piedra. Colosales para su tiempo debieron ser las obras de construcción de templos, palacios, depósitos, calles y plazas, entre éstos el nuevo Coricancha o Templo del Sol y Sacsayhuamán, una ciclópea edificación llamada a simbolizar la cabeza del Puma y que fue levantada en el cerro que por el norte domina la ciudad.
La singularidad de la arquitectura incaica está muy ligada a la calidad del pulido de la piedra y al ensamblaje perfecto de un bloque con otro.
En una cultura que no conocía el hierro, esto era posible gracias a una extraordinaria familiaridad con el material y a la diestra utilización de herramientas sencillas de piedras duras como las cuarzitas y otras. Visualmente, el Cusco destacaba por la sobriedad de sus muros y su característico talud que los hacía más resistentes a los sismos frecuentes en la zona. Los elementos dominantes en la ciudad debieron ser Sacsayhuaman, el Coricancha y el Sunturhuasi, una torre circular de unos tres o cuatro pisos de altura que al parecer se erguía en la plaza principal. Esta ocupaba lo que actualmente es la Plaza de Armas y la Plaza Regocijo y cumplía la importante función de integrar el sector propiamente urbano de la ciudad y el agrícola, con su predominio de terrazas de cultivo.
LA JOYA DEL COLONIAJE
La fundación española del Cusco tuvo lugar el 23 de Marzo de 1534 y unos meses después, en Octubre, se hizo el reparto de solares que dio inicio a las radicales transformaciones que experimentó la ciudad. Las manzanas españolas se formaron agrupando una o más canchas incaicas, que eran recintos rectangulares rodeados de muros de piedra que constituían el patrón de agrupamiento de las viviendas. Se construyeron iglesias y conventos sobre huacas o templos incaicos, como Santo Domingo sobre el Coricancha y Santa Catalina sobre el Acllahuasi o Casa de las Vírgenes del Sol. El sector agrícola de la ciudad que se extendía en la margen derecha del río Saphy, también fue dividido en solares y fue ocupado por casonas que a veces tenían muros construidos con una técnica mixta, incaica en el ensamblaje de la piedra y española en la verticalidad alcanzada gracias al uso de la plomada.
Fue surgiendo así, a lo largo de casi dos siglos, una ciudad que es, en palabras de José María Arguedas, "una muestra irrefutable y permanente del poder creador de las dos razas en que se funda la población actual del Perú". Se trata, en efecto, de una urbe que cambia dos arquitecturas de particular calidad, la incaica y la española.
Las huellas del Cusco incaico se pueden rastrear en el trazado de espacios abiertos como la Plaza de Armas y la del Cabildo, Limacpampa Grande y Chico, así como la plazoleta de Santo Domingo, y en el de calles como Loreto, Ahuacpinta, San Agustín, Pumacurco, Ladrillo, Cabracancha y Siete Culebras, que todavía conservan su ancho original. Más resaltante aún son los muros incaicos que conforman el primer piso de muchas casonas coloniales y elementos arquitectónicos como hornacinas, portadas de doble jamba y ventanas trapezoidales. Durante varios siglos, asimismo, el Cusco lució la magnífica canalización incaica de los ríos Saphy y Tullumayo, que fueron cubiertos recién en la primera mitad del siglo XX.
Las principales manifestaciones de arquitectura colonial, por otra parte, son los edificios religiosos, pero la arquitectura civil que les sirve de contexto -es decir, palacetes y casonas- no desmerece en calidad. Tres obras emblemáticas del arte arquitectónico cusqueño, la catedral, la Compañía y el convento de La Merced, permiten aquilatar la importancia del Cusco colonial. En cuanto a la primera, curiosamente no hay acuerdo entre los especialistas sobre el estilo al que pertenece. Tienen razón seguramente quienes consideran que este magnífico edificio resume la historia del primer siglo de arquitectura colonial. El interior de la catedral se caracteriza por sus colosales proporciones y la austera simplicidad de sus pilastras y cornisas.
Esta sobriedad de líneas parece ser deudora del clasicismo español, pero debe estar influida, asimismo, por la rigurosidad y simpleza de las mejores muestras de arquitectura incaica. La catedral, por cierto, no fuera lo que es sin la belleza de la andesita incaica de reflejos rojizos utilizada como material de construcción. De hecho, hay renombrados especialistas que opinan que esta iglesia es la más admirable del hemisferio occidental.
La Compañía y la Merced son las expresiones más logradas del barroco cusqueño, estilo con el que la arquitectura de la ciudad llega a su cumbre más alta. Para el caso de la primera, es en su portada primorosamente ornamentada con columnas, pilastras, hornacinas, nichos, escudetes y cornisas, donde mejor se expresa el estilo mencionado, aunque no menos importantes para la belleza del conjunto son la esbeltez y acertada proporción de la composición, que tiene el doble de alto que de ancho, y la feliz solución encontrada para las torres, con sus ojos de buey y pilastras que los guarecen. Justificadamente se ha dicho que en su tiempo la Compañía produjo una revolución en el arte arquitectónico cusqueño, abriendo un rumbo que fue seguido por otras edificaciones.
La Merced debe su fama al claustro principal del convento, un trabajo de gran originalidad y belleza por el contraste de las paredes casi rústicas con la opulenta decoración de las columnas. No en vano se considera que este claustro es el mejor de toda la América hispana.
